Diferencias entre paro cardíaco repentino y ataque cardíaco

A simple vista podrían parecer lo mismo, pero el paro cardíaco repentino y el ataque cardíaco son dos emergencias médicas con causas, síntomas y tratamientos muy distintos. Conocer estas diferencias no solo es informativo; puede ser la clave para salvar una vida en momentos críticos.

El paro cardíaco repentino ocurre de manera abrupta. El corazón deja de latir repentinamente debido a una falla en el sistema eléctrico que controla su ritmo. Quien lo sufre pierde el conocimiento de inmediato, deja de respirar y no responde. No avisa. Puede pasarle a cualquier persona, incluso a alguien que parecía estar perfectamente sano, mientras camina, hace ejercicio o simplemente descansa. El Dr. Brian Shapiro de Mayo Clinic señala que, aunque puede estar relacionado con condiciones como la miocardiopatía hipertrófica, a menudo ocurre sin previo aviso.

Por otro lado, un ataque cardíaco —también llamado infarto— es un problema de “plomería”, no eléctrico. Ocurre cuando se bloquea una arteria coronaria, impidiendo que la sangre oxigenada llegue a una parte del músculo cardíaco. A diferencia del paro cardíaco repentino, aquí los síntomas suelen aparecer de forma gradual: dolor opresivo en el pecho que puede extenderse al brazo izquierdo, la mandíbula o la espalda, sudoración fría, mareos y dificultad para respirar. La persona generalmente está consciente al principio. Eso sí, un ataque cardíaco puede desencadenar un paro cardíaco si no se atiende a tiempo.

¿Quiénes están en riesgo? Cualquier persona, pero especialmente aquellas con antecedentes familiares de enfermedades cardíacas, arritmias o muerte súbita. Los deportistas de alto rendimiento no están exentos; el esfuerzo extremo puede ser un detonante en corazones con condiciones no diagnosticadas. También los adultos con factores como hipertensión, diabetes, colesterol alto o tabaquismo.

La prevención es multidimensional. Se recomienda:

  • Realizar chequeos médicos periódicos que incluyan electrocardiograma.
  • Mantener controlados la presión arterial, el azúcar y el colesterol.
  • Adoptar un estilo de vida activo sin sobreesfuerzos repentinos.
  • Evitar fumar y consumir alcohol en exceso.

Si presencias a alguien colapsar repentinamente, actúa con calma pero con urgencia: Primero, verifica si responde y si respira. Si no lo hace, llama de inmediato a emergencias. Inicia compresiones torácicas (RCP) sin demora. No temas hacerlo; incluso sin entrenamiento previo, presionar fuerte y rápido en el centro del pecho puede mantener el flujo de sangre al cerebro. Si hay un desfibrilador externo automático (DEA) disponible, úsalo. Estas máquinas son intuitivas y dan instrucciones paso a paso. No se puede empeorar la situación usándolo.

En el caso de un posible infarto, anima a la persona a mantenerse en reposo y busquen atención médica de inmediato. No subestimes el dolor de pecho aunque desaparezca después de unos minutos.

Instituciones como la Mayo Clinic enfatizan la importancia de no posponer la evaluación cardíaca ante señales de alerta como palpitaciones irregulares, desmayos o fatiga extrema sin explicación. Tecnologías como el monitoreo Holter o pruebas de esfuerzo cardiopulmonar permiten identificar riesgos ocultos que podrían llevar a un paro cardíaco repentino.

Al final, la gran lección es esta: aunque ambos eventos son graves y requieren acción inmediata, entender sus diferencias nos hace más capaces de reaccionar adecuadamente. Un corazón sano late con ritmo y recibe sangre sin obstáculos. Cuidarlo es una responsabilidad de todos los días.